Metáfora: la olla embarazada

Metáfora: La olla embarazada

Un señor le pidió una tarde a su vecino una olla prestada.

El dueño de la olla no era demasiado solidario, pero se sintió obligado a prestarla. A los cuatro dí­as, la olla no habí­a sido devuelta, así­ que, con la excusa de necesitarla fue a pedirle a su vecino que se la devolviera.

—Casualmente, iba para su casa a devolverla… ¡el parto fue tan difí­cil!

—¿Qué parto? —pregunto el señor.

—El de la olla — Respondió el vecino.

—¿Qué? — Pregunto nuevamente el señor.

—Ah, ¿usted no sabí­a? La olla estaba embarazada. —Respondió el vecino.

—¿Embarazada? —Volvió a preguntar el señor.

—Sí­, y esa misma noche tuvo familia, así­ que debió hacer reposo pero ya está recuperada.

—¿Reposo? — Pregunto nuevamente el vecino.

—Sí­, sí­. Un segundo por favor y entrando en su casa trajo la olla, un jarrito y una sartén.

—¡Esto no es mí­o, sólo la olla! —Exclamo el señor

— ¡No, es suyo, esta es la crí­a de la olla. Si la olla es suya, la crí­a también es suya!.

¡Este está realmente loco! pensó, pero mejor que le siga la corriente.

—Bueno, gracias.

—De nada, adiós.

—Adiós, adiós.

Y el hombre marchó a su casa con el jarrito, la sartén y la olla. Esa tarde, el vecino otra vez le tocó el timbre.

—Vecino, ¿no me prestarí­a el destornillador y la pinza?

Ahora se sentí­a más obligado que antes.

—¡Sí­, claro!—respondió el señor.

Fue hasta adentro y volvió con la pinza y el destornillador. Pasó casi una semana y cuando ya planeaba ir a recuperar sus cosas, el vecino le tocó la puerta.

—Ay, vecino ¿usted sabí­a?

—¿Sabí­a qué cosa?—Pregunto el señor.

—Que su destornillador y la pinza son pareja.

—¡No! —dijo el otro con ojos desorbitados.

—Mire, fue un descuido mí­o, por un ratito los dejé solos, y ya la embarazó.

—¿A la pinza?

—¡A la pinza!… Le traje la crí­a — y abre una canastilla entregó algunos tornillos, tuercas y clavos que dijo habí­a parido la pinza.

—¿Totalmente loco!, pensó. Pero los clavos y los tornillos siempre vení­an bien. Pasaron dos dí­as. El vecino pedigüeño apareció de nuevo.

—¡He notado! le dijo.

El otro dí­a, cuando le traje la pinza, que usted tiene sobre su mesa una hermosa ánfora de oro. ¿No serí­a tan gentil de prestármela por una noche? Al dueño del ánfora le tintinearon los ojitos.

—¡Cómo no! —dijo, en generosa actitud, y entró a su casa volviendo con el ánfora perdida.

—¡Gracias, vecino!

—Adiós.

—Adiós.

Pasó esa noche y la siguiente y el dueño del ánfora no se animaba a golpearle al vecino para pedí­rsela. Sin embargo, a la semana, su ansiedad no aguantó y fue a reclamarle el ánfora a su vecino.

—¿El ánfora? —dijo el vecino

—Ah, ¿no se enteró?

—¿De qué?

—Murió en el parto.

—¿Cómo que murió en el parto?

—Sí­, el ánfora estaba embarazada y durante el parto, murió.

—Dí­game ¿usted se cree que soy estúpido? ¿Cómo va a estar embarazada un ánfora de oro?

—Mire, vecino, si usted aceptó el embarazo y el parto de la olla. El casamiento y la crí­a del destornillador y la pinza, ¿por qué no habrí­a de aceptar el embarazo y la muerte del ánfora?

“Tu criterio, tu libertad, tu independencia y el aumento de tu responsabilidad vienen juntos con tu proceso de crecimiento.”

¡Atrévete a enfrentas los retos que la vida te manda, para que tengas tiempo y entusiasmo para disfrutas las cosas que hacen que la vida valga la pena!  

 

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